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El hombre mosca

Harold Lloyd nació en Burchard (Nebraska, Estados Unidos) el 20 de abril de 1893. A los cuatro años tuvo su primer papel, llevado de la mano de su madre. A los catorce ganó tres dólares en una película de Edison (1847 - 1931) :“Me vistieron de indio con muy poca ropa y apenas me habían pintado de pardo, comenzó a llover”. Cuando algunos años más tarde convirtió su afición en seria profesión, imitaba a Charles Chaplin (1889 - 1977) . Y el siguiente paso —ya definitivo— consistiría en crear su propio personaje y desarrollarlo: un jovenzuelo entre tímido y petulante, con el canotier de paja y las grandes gafas con montura de carey. A partir de ese momento, Hal Roach (1892 - 1993) —el productor de sus cortos—, y la Pathé —su distribuidora— se dieron cuenta de que había nacido una estrella, y sus películas fueron aumentando el número de bobinas hasta que el metraje se hizo tan largo que Lloyd abandonaría el corto para siempre, llegando a ser el actor más taquillero y mejor pagado durante toda la década de los veinte.

Al contrario que Chaplin, que encarnaba a un personaje pobre y de gran humanidad, perdedor debido a la desmesura de una inhumana sociedad capitalista en gran crecimiento y sin muchos miramientos (a la que se intenta criticar), Lloyd creó un tipo bastante representativo del americano medio: ingenuo, tímido y prudente, pero audaz y desenvuelto con el peligro, bien para huir o para convertirse en un héroe de ocasión. Su tenacidad de hormiga que suplía la inteligencia y la sensibilidad, y su obstinado optimismo y la suerte en el amor que le acompañaba, no eran rasgos individuales, ni mucho menos, para alcanzar resonancias humanas, sino que más bien revelaban una ausencia de personalidad. Pero, en una América de plena expansión económica, éste fue precisamente el tipo de hombre, con el cual es espectador medio podía identificarse sin dificultad. Sus films eran una especie de alegorías cómicas del éxito, provistas del happy-end obligatorio.

Harold Lloyd es, junto con el ya citado Charles Chaplin y con Buster Keaton (1895 - 1966), elFoto de Harold Lloyd trío que constituye sin lugar a dudas el culmen del cine cómico norteamericano (aunque Chaplin era inglés) pero, al mismo tiempo, suponen el inicio de la decadencia de dicho tipo de arte. No sólo por la aparición durante los años 20 del sonido, sino también por la falta de genio que sobrevino lamentablemente después. ¿Hay quien se atreva a discutir que las siguientes generaciones de cómicos (salvo honrosas excepciones) han producido individuos con pocas características humanas, sin recursos físicos excepcionales, pasivos, y sometidos cada vez más dócilmente a la trama argumental?

¿Fue 1923 un buen año para el cine norteamericano? Bueno, cada cual que opine lo que quiera. Pero sí es cierto que fue el año de Una mujer de París, de Chaplin, de Avaricia, de Eric von Stroheim (1885 - 1957) , de Los Diez Mandamientos, de Cecil Blount DeMille (1881 - 1959) ... y también de una película que muchos consideran como el mejor film cómico de la historia del séptimo arte: El hombre mosca (Safety Last como título original en inglés, que juega con la manida expresión Safety First: la seguridad es lo primero).

La película consta de dos partes sin solución de continuidad: en la primera se nos presenta a Harold, un joven que abandona su pueblo natal y en él a su amada para labrarse un porvenir en la ciudad, pero las cosas no le van lo bien que él quisiera: apenas acierta a trabajar de mero dependiente en unos grandes almacenes especializados en la venta de tejidos, así es que se ve obligado, para no defraudar a su amada, a mantener la ficción de que todo va viento en popa, y a inventar mentiras que envía al pueblo por carta. Un buen día, por sorpresa, se presenta la chica en su puesto de trabajo y esto dará pie a una gran variedad de escenas cómicas y muy bien hilvanadas (los gags son absolutamente atemporales y resisten los visionados que haga falta), empezando por aquella en la que intenta hacer ver a su esposa que es el jefe del negocio. En la segunda parte vemos que Harold intenta ganar 1.000 dólares ofreciendo a su jefazo una idea para publicitar la empresa: un hombre-araña escalará la fachada (doce pisos) del edificio Bolton y llamará la atención (clara metáfora de la ascensión económica en la que pretendidamente deben participar los norteamericanos de su época para obtener el reconocimiento social, la admiración y hasta el amor y, por ende, la felicidad). Pero ocurre que, llegado el momento, su amigo no puede cumplir su tarea (se halla huyendo de un poli con quien tuvo un encontronazo) y Harold debe escalarlo él mismo.

Esta larga escena final o segunda parte de la película, con el protagonista escalando un edificio en pleno centro de Los Ángeles, es un prodigio cinematográfico donde se aúnan los elementos cómicos y de suspense cuando se cree que el personaje está a punto de caer al vacío en varias ocasiones. El Hombre MoscaDurante mucho tiempo se pensó que era el propio Lloyd quien realizó toda la escalada sin ningún tipo de trucaje, y todavía hoy en día mucha gente lo piensa. ¿Cuál es la realidad? Bueno, digamos que la persona que realiza realmente las escaladas en los planos largos era Bill Strother (1896 - 1957), quien hace el papel de compañero de piso de Harold. Bill Strother no era actor. Precisamente era famoso en todo Los Ángeles como la Araña Humana, ya que se dedicaba a trepar por los edificios (de hecho, a Lloyd se le ocurrió la idea de la película tras ver a Strother trepar por un edificio de oficinas en Los Ángeles y observar cómo el público lo observaba con gran interés). En cuanto a los planos cortos… hoy sabemos que fuera de cuadro se mantenían espaciosas plataformas de seguridad justo fuera del campo visual de la cámara que iban ascendiendo a la vez que lo hacía el propio actor.

La larga escena de la trepa se demoró bastante, pues algunas de las secuencias duraron más de un mes: sólo podían trabajar entre las once de la mañana y la una de la tarde para que las sombras que aparecían fuera de estas horas no estropeasen el encaje lumínico entre los primeros planos y el fondo. Destaca como momento cumbre no sólo de la película, sino incluso —sin exagerar— de toda la historia del cine aquel en el que Lloyd queda suspendido en el vacio cogido a las manecillas del reloj del edificio. Lloyd, con el dinamismo que le otorgaban sus capacidades atléticas, repetiría la escalada (esta vez sin reloj) en la posterior "Ay, que me caigo”, de 1930.

Solo por la escena del reloj, la película merece su visión, pero es que toda ella está plagada de gags estupendos, que luego han servido de inspiración para muchas producciones posteriores. La primera escena (genial) de la película ya es premonitoria de la calidad de lo que vendrá después: de cuando él y su amigo se cuelgan de una percha tras unas prendas para así ocultarse de la arrendataria; de la manera de visionar cómo al pobre Harold se le esfuma la cena por satisfacer a su novia comprándole una cadena, de la manera como resuelve el poder entregarle a una clienta su pedido en medio de la multitud que lo acosa… y ya en lo que hemos llamado segunda parte, cada uno de las sorpresas que depara cada uno de los pisos a los que se va escaramando.

El hombre mosca” fue dirigida por Fred C. Newmeyer (1881 - 1967). Y aparte de Harold Lloyd, fue protagonizada por el ya citado Bill Strother y por Mildred Davis (1901 - 1969) , quien apareció en muchas de las comedias clásicas de Harold Lloyd durante la época del cine mudo y que finalmente se convertiría en su esposa.

La música (siempre importante en el cine mudo, pues constituye el único sonido que proyecta) suena recurrentemente a lo largo de toda la película: sin cansar y sí dándole ritmo y contribuyendo a su fluidez. La compuso Don Hulette (1937 - 2008) en 1974 … ¡y también es de cinco estrellas!

Anécdota:

Las persecuciones y acrobacias fueron marca de fábrica de Lloyd, que se implicaba mucho físicamente en las películas. De hecho sufrió un terrible accidente en 1919: se preparaba para hacerse una foto promocional de Tribulaciones con su personaje encendiendo un puro con una bomba, cuando la explosión incontrolada le dejó temporalmente ciego, además de hacerle perder los dedos índice y pulgar de la mano derecha. Lejos de amilanarse y de considerarse a sí mismo un discapacitado, encargó una prótesis (un guante especial que camuflaba la pérdida y que realmente engañaba al público) y siguió realizando sus propias escenas arriesgadas. Las gafas, por otro lado, también eran falsas, puesto que no llevaban lentes.

El gran Harold Lloyd falleció a causa de un cáncer, el día 8 de marzo de 1971. No llegó a cumplir los 78 años.



 
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2010 Juan Ledo
mosca@sinek.es